lunes, 15 de octubre de 2012
Habitación 227
Eran casi las 19:00, desde la ventana se veían las luces de una calle de Barcelona, al otro lado del cristal una pequeña habitación de hotel con la moqueta desgastada y las paredes forradas a parches con diferentes tipos de madera. El pequeño dormitorio se componía además por una cama de matrimonio recubierta con una manta de color verdoso y una mesita a cada uno de sus costados, enfrente un viejo escritorio de nogal y un taburete a juego que contrarrestaba con el pequeño sofá de tela roja que había junto a la ventana y con el antiguo mueble bar.
La habitación estaba vacía a excepción de dos maletas, una de ellas de una voluptuosidad considerable y la otra mucho más reducida, que yacían sobre la cama y un par de folios que descansaban sobre el escritorio.
La pequeña lámpara de luz intermitente que estaba sobre el escritorio dotaba de ráfagas de luz y oscuridad a las hojas con la misma eventualidad.
Todo estaba bañado por ese silencio espeso e incomodo que transforma el aire en algo tan denso que llega a clavarse en los pulmones y que a su vez hace que parezca que el tiempo se pare, sin embargo el reloj seguía avanzando sus manecillas dotando de movimiento a aquella fotografía.
Casi dos horas más tarde la puerta se abrió. El cuerpo cruzó la habitación entera sin encender ninguna luz y cogiendo las hojas del escritorio se sentó a leerlas en el sillón de tela rojiza. Al poco desvió su mirada por encima de los folios quedándose atónito en la contemplación de las maletas.
A los pocos segundos emitió un suspiro y volvió a la lectura de los folios que sostenía, sin embargo no podía evitar ir desviando su mirada hacia cualquier lugar de aquella habitación, como si pretendiera huir de las palabras que estos contenían. A ratos miraba como parpadeaba la bombilla de la lámpara que seguía encendiéndose y apagándose, cuando se cansaba volvía a leer y al poco rato desviaba su vista hacia la imagen que había mas allá de la ventana y así hasta que finalmente se durmió.
A la mañana siguiente acabó de leer lo que tenia escrito. No tardó mucho tiempo y una vez hubo acabado entrecruzó sus dedos y reposó pensativamente su cabeza sobre sus manos.
Su mente daba vueltas como no lo había hecho nunca, no sabía si era el ambiente que desprendía aquella habitación de mala muerte, los rayos de sol que entraban tímidamente entre las cortinas y le mareaban o la necesidad de un buen trago de whisky pero se sentía mareado. Se levantó tembloroso y con las manos titubeantes abrió el minibar, se tomó dos vasos de la primera botella que encontró y sosteniendo la botella en su mano izquierda volvió a acercarse al sofá donde tenía los folios. Los cogió y tras dar otro trago a la botella se dejó caer sobre la cama.
Mirando hacia un punto indeterminado de la pared se quitó la camisa, luego el pantalón y los apiló al lado de la cama, miró de nuevo las hojas y tras echarles un último vistazo las dejó caer encima de la ropa.
No paraba de darle sorbos a la botella y de merodear en círculos por la habitación como si intentase encontrar una respuesta a una pregunta que aun no había sido formulada.
De repente se detuvo y dejó la botella sobre la mesita izquierda, tras abrir el cajón saco una pequeña biblia y arrancó un par de hojas al azar. Las leyó y volvió a guardar el libro en el cajón. Tras tirar las maletas al suelo, volvió a aferrarse a la botella y tras dejar el recipiente casi vació acabó de gastar los últimos tragos empapando las hojas arrancadas. Enfurecido lanzó el frasco de licor contra el suelo y empezó a caminar en círculos descalzo sobre los pequeños fragmentos que se habían diseminado por la moqueta. Leía repetidamente en voz alta las hojas bañadas en alcohol mientras sus pies empezaban a sangrar a causa de los cristales que se clavaban. Cada vez leía más fuerte y caminaba con más fuerza como si pretendiera domar el dolor que sentía hasta que se vio obligado a aferrarse de nuevo al minibar. Buscó entre la multitud de botellas, estampando contra el suelo todas aquellas que iba cogiendo, sin saber que hacía se dirigió nuevamente al montón de ropa y tras dejar caer las hojas se agachó para buscar entre los bolsillos del pantalón, de él sacó una caja de cerillas y tras encender una la arrojó contra la pila de ropa y hojas. Se levantó y caminó dirección al lavabo donde se aseó mínimamente y salió de la habitación como si no hubiera pasado nada.
Caminaba por el pasillo con paso firme, tranquilo, sin ropa, ajeno a todo lo que había sucedido en la habitación. Sus pies, aun manchados de sangre y cristal, se deslizaban de forma alterna por aquel pasillo estrecho y largo mientras sonaba la alarma de incendios. Él era ajeno a todo, las cosas habían perdido todo su sentido una vez abiertas aquellas cartas que ahora se hallaban bañadas por alcohol y llamas mientras el dejaba atrás aquel viaje sin destino que había emprendido guiado por sus esperanzas, unas esperanzas que se trasformaban en humo y cenizas.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Anna Vólkova
El sol calentaba con
dulzura los muros de las antiguas ruinas de Bretasla y sonrojaba
tiernamente las mejillas de una joven que dormía sobre una de sus
rocas.
El fulgor del astro rey
iba incrementándose con el paso de las horas, las cuales avanzaban
al compás que marcaban los cánticos lejanos de un viejo gallo.
Debían ser las diez de la mañana cuando la joven se despertó con
movimientos aun somnolientos y torpes, su cuerpo aun estirado sobre
la desgastada roca se agitaba con pereza sobre su improvisado lecho,
tras un breve coqueteo con la idea de partir ya al lugar donde le
llevaban sus sueños se levantó y quitándose, aun con somnolencia,
las legañas se irguió de pie sobre la roca. Aspiraba el aire que
emanaba el primer albor del día y a pesar de que este era frio y
distante le reconfortaba cálidamente. Volvió a abrir los ojos y
contempló las montañas y caminos que había dejado a sus espaldas,
observaba las viejas ruinas donde se encontraba y miraba con una
mezcla de intriga y temor el horizonte al cual se dirigía.
Le provocaba cierto pavor
seguir, no tenía miedo de continuar pero si estaba llena de dudas,
no sabía con certeza si encontraría lo que buscaba. Sus ánimos se
vinieron abajo, el aire dejó de ser cálido y empezó a congelar sus
esperanzas. Falta de fuerzas se desplomó sobre la roca, pudiendo
reponerse con dificultades. Al cabo de unos instantes estaba sentada
mirando con los ojos llorosos el camino que le quedaba por hacer y él
que había recorrido. No sabía qué hacer. Deseaba volver a su hogar
pero no encontraba el coraje y las fuerzas suficientes para hacerlo.
Sus ojos, aun llorosos, se escondían tras la protección de sus
manos mientras su boca musitaba con tristeza: - ¿Por qué, por qué
ha tenido que pasar todo esto? ¿Por qué tuvo que llegar a casa y
comportarse como si fuera el dueño de todo lo que había en ella?
Apartó las manos de su
cara tras limpiarse las últimas lágrimas que le caían, ahora llena
de rabia vociferó hacia el camino que había recorrido: - te
maldigo, te deseo lo peor- y tras esto volvió a derrumbarse y a
empezar a llorar, como si todo su coraje se hubiera consumido en
aquella frase.
Pasó varias horas
sentada sin moverse ni decir palabra alguna, solo lloraba y miraba al
horizonte. Finalmente a media tarde se levantó y tras recoger las
pocas cosas que llevaba consigo se puso de nuevo en camino. Aunque no
había disipado sus dudas había decidido que no volvería a casa por
nada.
Había dejado las ruinas
atrás hace bastantes kilómetros, ya casi no podía ni verlas, solo
intuya su silueta difuminada sobre las colinas de Arabask. Sabía que
ya no había vuelta atrás, como mucho podía arrepentirse de su
elección pero no podía volver sobre sus pasos, ya era demasiado
tarde como para tan siquiera intentarlo.
Siguió por el camino que
le llevaba a las montañas Subda, mientras se dirigía hacia ellas
por el sendero del Asthrit iba observando cómo los verdes mares de
hierba iban secándose y dejaban paso a un terreno más seco,
constituido principalmente por praderas de piedras y arbustos.
Esporádicamente sobresalía algún árbol que a pesar de estar
bastante más seco que los de las colinas anteriores aun conservaba
bastante colorido entre sus ramas, sin embargo esta visión no era
muy común debido a que con cada paso que avanzaba las temperaturas
disminuyan de forma progresiva hasta llegar a las primeras manchas de
nieve sobre el suelo y la escasa vegetación.
Se sentía un poco
desilusionada, aun recordaba el olor a hierba y el sonido de los
pájaros sobre los arboles que la habían abandonado en las colinas
anteriores, y pensaba si quizás debiera quedarse allí y no seguir
con su camino. Mientras dudaba proseguía su avance, siempre con paso
firme, aunque su cabeza aun se encontraba jugando, entre recuerdos y
espejismos, en los campos de amapolas y recogiendo las rosas blancas
de un viejo rosal casi marchito a escasos metros de Bretasla. Tras
olerlas volvía a las ruinas a descansar y contemplar como la puesta
de sol tintaba las blancas piedras con un suave color anaranjado,
luego abría los ojos y contemplaba que estaba lejos de aquel lugar,
que ya casi no había colores y todo se reducía a una escala de
grises que podía estar moteada, de forma casual, por algún tono
marrón o azulado.
Seguía avanzando pero
era raro que tras escasos pasos no girase su cuerpo o cabeza y se
imaginase un verde prado en el lugar donde solo habían piedras,
tierra y algún que otro montón de nieve o hierba escarchada. Tras
despejar su mente de fantasías se giraba y volvía a avanzar con un
poco más de dificultad, como si esas ilusiones le succionasen sus
fuerzas tan poco a poco que ni ella misma se hubiera dado cuenta de
no ser porque sus piernas notaban un mayor impedimento al andar.
La joven, que aun pensaba
en darse media vuelta, no se había dado cuenta que su fatiga venia
provocada por el aumento de nieve que se amontonaba en el suelo.
Cuando a causa del cansancio volvió en sí y comprobó que ya estaba
a los pies de la gran montaña no pudo evitar esbozar una sonrisa
conciliadora en su rostro, como si ya supiera lo que pasaría a
partir de entonces y todo lo anterior fuese lo más duro.
Con el transcurso del
camino, el sol también había decidido cumplir con su monótono
recorrido por lo que a esas horas estaba ya a punto de desaparecer
tras el horizonte. Esto hizo que la joven aventurera tuviera que
improvisar un pequeño refugio bajo las ramas de uno de los escasos
arboles que se encontraban en el pie de la montaña.
Se cubrió con la manta
que llevaba consigo y protegiéndose del frio con una pequeña
hoguera que improvisó con ramas secas y algunos trozos de corteza
que había logrado arrancar del árbol junto al que estaba. En un
principio sacó su pequeña cantimplora y tras darle dos breves
sorbos la volvió a guardar sacando de su bolsa un pequeño paquete
de forma rectangular, se lo puso sobre sus piernas y empezó a
desplegar-lo de forma cuidadosa. Una vez abierto despedazó un trozo
no muy grande de pan y volvió a envolver el resto con el mismo
cuidado con el que lo había abierto. Se comía el pedazo con
pasividad mientras contemplaba los crujidos del fuego al prender las
secas ramas. En el fondo se aburría, no tenía más entretenimiento
que esa incandescente visión, hasta que finalmente sucumbió ante
las caricias del sueño.
El fuego crujía de una
forma casi silenciosa, como si hubiera desistido en su empeño de
transformar en cenizas los pequeños troncos y ahora se complaciera
en sobrevivir y calentar sin despertar a la joven. Las llamas, cada
vez más tímidas, seguían danzando y ahora lo hacían bajo la
atenta mirada de la luna y del resto de luces resplandecientes que
coronaban el cielo en sus horas más oscuras.
La noche se desgastaba
con la misma lentitud con que los finos copos de nieve caían sobre
la hoguera, provocando que con una pasividad casi eterna las ramas se
humedecieran y dejaran de prender. Finalmente la mañana volvió a
nacer en aquel lugar, el sol dejaba intuir su presencia al otro
extremo de Arabask, sin embargo no fue hasta entrado el medio día
que la joven despertó. Su cuerpo, aun semiinconsciente, se
acurrucaba tiernamente bajo la vieja manta en busca de un poco de
calor. Tardó varios minutos en percibir que se había despertado.
Una vez consciente de ello empezó a removerse de forma pausada sobre
el suelo de hojas secas y piedra, expulsando de este modo las últimas
esporas de somnolencia que aun albergaba. No tardó mucho tiempo en
levantarse y sacudirse algún resto de nieve o ceniza de su abrigo,
el cual parecía haber envejecido apresuradamente en el día
anterior, que había pasado de un tono azul tenue, casi desgastado, a
un gris apagado y melancólico, aunque ella si se hubiera detenido a
mirarlo lo hubiera visto con la misma coloración de siempre.
Pasó un breve lapso de
tiempo antes de que partiera. En él, recogió la manta y tras
sacudirla para que los fragmentos de hoja que se habían enganchado
cayeran al suelo, la dobló y guardó en su mochila, al tiempo que
volvía a sacar la cantimplora y el paquetito de pan. Repitió con
total exactitud el ritual de la noche anterior, dio dos breves sorbos
al agua y otra vez, con la delicadeza y precisión de un maestro
relojero, sus dedos desenvolvieron el pan y tras extraer un pedazo
diminuto lo envolvió con la misma rigurosidad. Metió los víveres
en la mochila y tras contemplar durante unos segundos el camino que
subía por los costados de la montaña emprendió su marcha.
A pesar de haber
descansado holgadamente sus pasos se veían trémulos, como si sus
piernas fueran a desquebrajarse en cualquier momento. Daba la
sensación que estas, tan delgadas y finas como el cuerpo de una copa
de cristal de bohemia, no estuvieran preparadas para caminar por esos
terrenos, ni para la empresa que tenía en mente, pero a pesar de las
apariencias sus piernas estaban fortalecidas gracias a los intensos
veranos de trabajo en el campo y la gran distancia que debía caminar
cuando le era preciso acudir a Sailk, la urbe más próxima al
poblado donde habitaba. Sin embargo los casi 10 kilómetros que
separan las dos poblaciones, y que recorría varias veces por semana,
no podían compararse al camino que estaba realizando.
En apenas dos horas ya
había recorrido el paso de Althra, el cual consistía en unos
senderos con suaves desniveles que incurrían con torpeza en las
entrañas de las montañas, tras varios kilómetros rodeaban una de
las paredes de roca más altas de Subda y seguían sobre un tramo en
pequeña pendiente hasta un montículo de rocas que hacían de
improvisada escalera y enlazaban ese sendero con el inicio del que se
dirigía por el desfiladero de Evna.
El camino lo había
realizado a un paso lento pero que sin embargo no le supuso ningún
esfuerzo excesivo, a excepción de algún tramo en mal estado que
solventó con unas dotes de escalada y equilibrio que desconocía
poseer.
Se encontraba bajo un
agujero en una de las paredes cuando le pareció escuchar una voz,
sorprendida se giró y no contempló nada más que el sinuoso camino
que llevaba allí. Sin darle más importancia se giró y siguió
avanzando hasta salir otra vez al camino que bordeaba la sierra. La
distancia recorrida más que cansarla parecía reconfortarle, era
como si en vez de gastar energías ese camino se las diera y le
llenase de una satisfacción que se adueñaba de sus pensamientos.
Siguió su avance de una forma automática, como si las vistas que se
contemplaban de toda la región o la melodía que componía el viento
entre los vacíos de las rocas no fueran algo desconocido para ella,
era como si no hubiera nada más que el camino que surgía bajo sus
pies y que parecía llevarla hacia un lugar onírico que únicamente
su mente era capaz de crear y anhelar. Su paso empezó a acelerarse,
todo lo que había dejado atrás le daba unas fuerzas que combatían
la fatiga que empezaba a hacer mella en su cuerpo y guiada por la
esperanza de poder llegar al cruce de las montañas Antars y Reight
antes de que anocheciera inició una marcha casi suicida para
cualquier persona de su edad.
Empezaba a oscurecer
cuando vio el letrero que marcaba la bifurcación entre las dos
montañas. Se apresuró a correr hacía él y cuando llegó sus
fuerzas, que habían aguantado milagrosamente durante todo el
trayecto, se desvanecieron, haciendo que cayese agotada al lado de la
base del poste.
Tardó casi nueve horas
en volver a levantarse, en medio de ese tiempo su cuerpo fue llevado
por el cansancio a la cuna del sueño, donde se levantó y descubrió
que estaba en casa. No sabía que pasaba pero estaba metida en su
cama, su hermana Teth dormía tranquilamente en la cama que había a
la otra banda de la mesita. Todo estaba en un silencio tan absoluto
que se podía llegar a escuchar. Sus oídos se bañaban con el suave
respirar de Teth, los tenues pero constantes llantos de su nuevo
hermano y los ronquidos entrecortados de aquel hombre que había
llegado cinco meses atrás. El constante llanto hizo que se levantara
al ver que su madre no socorría al pequeño, sin quererlo tropezó
con un cajón del armario que permanecía abierto sin ningún motivo
y emitió un pequeño chillido de dolor que duró el tiempo justo que
necesitó para llevarse las manos a la boca para que nadie la
escuchara. Se giró y tras intentar, en vano, ver si había
despertado a Teth trató de esperar una respuesta a las musitaciones
que hacía en medio de la oscuridad que tintaba la habitación. Se
tranquilizó al ser contestada con el respirar de un sueño profundo
que emitía su hermana. Salió de la habitación y caminó por el
pasillo tanteando la pared para no tener que encender la luz y
despertar a alguien. Llegó a la puerta del cuarto donde dormía su
hermano desde que trasladaron la cuna de la alcoba de su madre a esa
habitación vacía. Se coló cuidadosamente por el hueco de la
puerta, deslizándose hasta la cuna con la misma sigilosidad.
Temerosamente cogió a su hermano en brazos, no lo había hecho nunca
antes, ni le encontraba una explicación, pero había visto a su
madre hacerlo cuando el pequeño lloraba para calmarlo. Lo meció
tiernamente entre sus brazos, como si fuera una figurita de cristal,
con la intención de calmar su llanto mediante pequeños vaivenes y
suaves palabras que emulaban las nanas que cantaba su madre. El
pequeño cesó de llorar y empezó a reír causando un ruido
estruendoso comparado con el silencio que inundaba la casa en ese
instante. Ella sin darse cuenta del ruido que provocaban las risas de
su hermano continuaba meciéndola y cantándole mientras en su cara
brotaba el esbozo de una sonrisa al ver la felicidad con que el niño
se aferraba a su pulgar e intentaba llevárselo a la boca. Por
primera vez había pasado un momento a solas con él y se quedó
petrificada cuando vio en él la misma mirada enérgica pero
silenciada de su padre. Siempre pensó que solo estaba ligada a él
por su madre y que el otro progenitor seguramente sería aquel
desgraciado que vivía ahora con ellos, sin embargo descubrir esa
mirada le recorrió el interior con un sentimiento de fraternidad
hacía el pequeño. Durante un tiempo no pudo apartar su mirada de la
de su hermano y le venía a la mente la figura de su padre; esta
desaparecía rápidamente en recuerdos lejanos e inventados y le
retornaba a aquella habitación donde se fundía en un momento de
complicidad con sus recuerdos.
Volvió a despertar, esta
vez estaba junto al poste, estirada sobre el suelo pétreo del camino
y encogida sobre si misma asediada por pequeños montículos de
nieve.
Se hizo a la idea que lo
anterior solo había sido un sueño, quizás una pesadilla incomoda e
inconclusa, y que no podía demorarse intentando darle una
explicación, así que se deshizo de ella de la misma forma en que
sacudió su cuerpo para deshacerse de la nieve que le había caído
encima durante la noche.
Desde que se había
levantado no había pensado más en su sueño, únicamente permaneció
sentada junto a la base del poste observando como la nieve se
deshacía lentamente y sonriendo cuando de forma esporádica el
viento acariciaba su cabello, sin embargo al abrir nuevamente el
paquetito de pan y observar que este empezaba a florecerse, a causa
de la humedad, no pudo evitar emitir un par de arcadas, tras las
cuales la imagen de su padre tornaba a llamar a las puertas de su
mente. Intentó huir de él pero no pudo, acabó sucumbiendo ante la
imagen paternal que tanto echaba de menos. Durante la estancia de esa
etérea visión en su mente le pareció que el tiempo se detuvo y que
luego retrocedió con una velocidad tan acelerada que no le permitía
tener consciencia de las imágenes que avanzaban por su mente hasta
que finalmente se detuvieron todos los fotogramas de aquella película
en un campo de trigo. Era época de cosecha y ella se encontraba con
un pequeño cestito de mimbre al lado de su padre. Mientras él
llenaba la cesta que llevaba a su espalda ella permanecía a su lado
cogiendo los pequeños brotes que aun no habían crecido lo
suficiente, pues eran a los únicos a los que llegaba. Se dedicaba a
la recogida de trigo con un entusiasmo encomiable, sus pequeñas y
tiernas manos agarraban los bajos brotes y tiraban de ellos con una
gran fuerza. Ella disfrutaba de aquellos momentos, se sentía
absorbida por esos mares dorados que formaban las plantaciones de
cereales. Cuando su padre acababa la jornada y volvía a casa, con
ella a hombros, sentía como sus manos quizás hubieran arrancado
demasiados brotes o sus piernas no debieran haber sostenido su cuerpo
tantas horas seguidas, sin embargo al día siguiente realizaba los
mismos esfuerzos como si aquel día se sintiera más fuerte y con la
esperanza de que sus pequeñas articulaciones no fueran a resentirse
en el trayecto de regreso a casa pero esto nunca sucedía. A pesar de
todo adoraba aquellos momentos donde se encontraba sobre los hombros
de su padre y este le contaba miles de historias que le hacían
olvidar todo el trabajo que había realizado aquel día, un trabajo
que hacía únicamente para poder formar parte de aquellos
pintorescos y lejanos parajes que emanaban de la boca de su
progenitor. De noche, ya en su casa y tras haber cenado, se sentaba
en una ventana cercana al fuego y mirando al exterior imaginaba un
sinfín de finales para la historia que había aprendido aquel día.
Su imaginación duraba un par de horas y tras ellas la fatiga volvía
a adueñarse de su cuerpo, induciéndola al sueño.
De repente se vio
sacudida por una ráfaga del frio viento matinal que le hizo volver
al mundo real y con ello a proseguir su camino. Tras cerrar durante
un instante los ojos y notar como las partículas de nieve que
arrastraban los primeros vientos del día le humedecían la cara se
agachó y recogió todo su equipaje.
Tomó el sendero que se
adentraba en las cimas de las montañas más bajas de Subda. Era un
camino de tierra y piedras que antiguamente empleaban los devotos que
realizaban su peregrinación hacia el antiguo monasterio que había
en la cima de Ajhckan, la montaña más elevada del conjunto.
A pesar de que a su
cabeza le costaba ya distinguir cuanto de ficción tenían esos
sueños sus pasos seguían avanzando como si no sucediera nada. Pasó
varias horas siguiendo el sendero que marcaba el camino al monasterio
hasta que finalmente, al medio día, se detuvo junto a un tronco que
había cercano al camino. Se sentó sobre él con la idea de
descansar durante un tiempo y que una vez se desprendiera del
cansancio que empezaba a notar en sus finas piernas volvería a
emprender su marcha. Permanecía sentada con la mirada fija al
camino, no emitía ruido alguno, su respiración era inaudible y su
cuerpo no realizaba ni el mas mínimo movimiento, sus ojos no eran
capaces ni de intentar un leve pestañeo, sus manos descansaban sobre
sus rodillas y su espalda se erigía inamovible sobre el tronco como
si toda la niña estuviera esculpida en fino mármol. A pesar de todo
el tiempo no había decidido pararse a descansar como si hizo la
joven y las horas iban pasando ante la atenta mirada de la niña. De
repente un ruido estruendoso rompió la escena, su estomago empezó a
vociferar con todas sus fuerzas. Llevándose las manos a la barriga
la joven desvió su mirada del camino por primera vez e intento
buscar algo que pudiera sofocar el reclamo de su estomago. Tras mirar
a su alrededor y solo ver nieve, arboles, roca y tierra se levantó a
buscar algo que llevarse a la boca.
Llevaba ya varias horas
buscando algo de alimento y sin embargo su empresa no había recibido
recompensa, su estomago seguía famélico y ella más cansada que
nunca. Falta de fuerzas improvisó un pequeño lecho cerca del camino
para esperar a la noche que se encontraba ya demasiado cerca como
para seguir caminando montaña arriba.
Esa noche durmió con
mucha dificultad a causa del hambre y del frio. Su cuerpo se giraba
constantemente buscando una posición que hiciera que ambas cosas
desapareciesen aunque ninguna de ellas huyó de su cama. Finalmente
pudo descansar tras pasarse varias horas contando las lágrimas que
formaban las estrellas sobre el cielo.
Era un nuevo día, se
encontraba cansada, mucho más que nunca, notaba la pesadez en sus
piernas, el hambre en su estomago y la fatiga en su cabeza. Sabía
que a pesar de todo no podía parar, se había fijado como objetivo
llegar fuese como fuese y si tenia que realizar el resto del camino
en ese estado estaba dispuesta a hacerlo.
Con ese pensamiento
grabado a fuego en su mente se levantó y recogió todo su equipaje,
dio un pequeño sorbo al agua y dejó aquel lugar para seguir el
camino que la llevaría al monasterio.
Llevaba ya varias horas
caminando, mucho más despacio que de costumbre pero sin detenerse,
cuando hacia el medio día se paró a descansar brevemente sobre una
roca. Se sentía agotada y abatida, casi sin fuerzas para levantarse
aunque sabía que en breve lo haría aunque gastase sus ultimas
energías en ello.
Se levantó de la piedra
y nada mas tocar el suelo sus piernas se vinieron abajo, su cuerpo se
desplomó sobre ellas. Sus ojos llorosos miraban con tristeza el
nevado suelo mientras sus puños lo golpeaban incesantemente entre
maldiciones.
Su cuerpo se encontraba
débil, notaba como todo su interior se hallaba empapado por el frio
y como sus huesos parecían desquebrajarse con cada movimiento y sin
embargo quería proseguir su camino. Gastaba sus ultimas fuerzas en
intentar gatear por aquel llano nevado con la intención de poder
llegar al camino sin embargo sus fuerzas se consumieron con la
brevedad en que se consumía una cerilla y su cuerpo cayó de golpe
sobre la nieve.
Se hallaba inconsciente,
sin fuerzas y desprotegida ante el clima de la montaña. Su cuerpo
permaneció tumbado durante dos días, dos días en los cuales la
nieve iba cayendo sobre él y cubriéndolo con la fría lentitud con
la que la muerte abrazaba a sus presas.
En la tarde del segundo
día empezó a lloviznar suavemente y las gotas bañaban su helado
rostro, tímidamente su abrigo se iba empapando y de repente el
cuerpo se movió, tenia frio, notaba como su piel perdía calor e
intentaba cobijarse en si mismo.
Temblaba y respiraba con
dificultad, notaba como su aliento era helado y sentía con mucha
dificultad sus extremidades. Intentaba mover-las pero no sabia si
estas respondían a sus ordenes o estaban gangrenadas por el frio.
Intentó levantarse y
aunque consiguió sostenerse sobre sus manos y rodillas notaba como
sus piernas no estaban preparadas para soportar el peso de su cuerpo.
Su cabeza miraba al
frente y su mente se obligaba a creer que podía llegar al camino.
Sus manos avanzaban mínimamente y con movimientos temblorosos, sus
piernas seguían el camino que estas marcaba mientras su boca
musitaba un leve balbuceo: - un poco más, solo un poco más.
Su cuerpo se desplomó
varias veces y a pesar de su estado consiguió levantarse en cada una
de ellas. A pesar de que su paso era torpe y lento consiguió llegar
al camino antes de que anocheciera. La chica se dejó caer sobre él
mientras entre lagrimas y sonrisas seguía sin creer lo que había
conseguido. Esa noche la pasó tumbada sobre el camino.
Pasaron varios días
hasta que se despertó. Notaba como su espalda no estaba en contacto
con el húmedo suelo y como el frio de la montaña había
desaparecido, notaba la comodidad de una cama y el calor de un fuego
a tierra.
Sus ojos empezaban a
abrirse y sus oídos escuchaban como crujía la leña, sus brazos
apartaron la sabana que la tapaba y luego ayudaron a levantar su
cuerpo para ver donde estaba.
Sus ojos no podían creer
lo que veían, estaba en el monasterio. Se dejó caer sobre el lecho
y esbozo una sonrisa en su rostro con la cual aceptaba una nueva
invitación a soñar.
Era primavera, ella
corría por los alrededores de la casa mientras su padre estaba
sentado en una silla junto a la puerta. Se divertía persiguiendo
mariposas e intentando cazar algún que otro insecto, corría tras
ellos sin ninguna preocupación pero ese día todo seria diferente.
Volvía a su casa cuando
vio a dos hombres vestidos con túnicas negras hablar con su padre,
cuando llegó los dos extraños ya se iban sobre sus caballos.
Al llegar a la puerta su
padre le sonrió y le invitó a que entraran a cenar. Recordaba la
historia que le contó su padre esa noche, trataba sobre un caballero
y su escudero que se habían enzarzado en un viaje para encontrar el
antiguo cáliz de Uhld. Esa noche se fue pronto a la cama y soñó
que ella era quien finalmente lo encontraba entre los tesoros que
custodiaba el antiguo dragón de Ham.
De repente un ruido la
despertó e hizo que dejara atrás los sueños de dragones y tesoros,
escuchaba las voces de su padre y su madre discutiendo con otra que
no conocía en el comedor, no sabia si seguir en la cama o mirar que
pasaba. Había llegado a las escaleras sin hacer ruido y miraba por
el hueco de los escalones que pasaba, su padre se enfundaba una de
aquellas túnicas negras y le daba dos besos a su madre antes de
seguir al desconocido que lo esperaba en la puerta. Los dos
desaparecieron tras la puerta y su madre con los ojos llorosos se
quedó junto a la entrada mirando a la noche. No sabía que pasaba
pero era consciente que tenia que volver a su cama.
A la mañana siguiente se
preparó para ir a recoger cereales con su padre cuando su madre la
detuvo y le señalo a un hombre, aquel hombre que odiaba tanto.
-es un viejo amigo de la familia se quedará unos días por aquí.
-¿y papa?
-Papa se ha ido a trabajar a otras tierras, volverá para cuando acabe la cosecha- y acto seguido se fue para la cocina para no tener que dar ninguna explicación más.
-es un viejo amigo de la familia se quedará unos días por aquí.
-¿y papa?
-Papa se ha ido a trabajar a otras tierras, volverá para cuando acabe la cosecha- y acto seguido se fue para la cocina para no tener que dar ninguna explicación más.
No sabía que pasaba pero
no le gustaba. El tiempo le dio la razón y su ser empezó a
comprender lo que significaba la palabra odio, nunca había sentido
nada así por nadie pero aquel hombre era el culpable que su padre no
estuviera, campaba por la casa como si fuera su dueño y compartía
el lecho con su madre.
Los sudores le recorrían
el cuerpo y de golpe despertó sobresaltada, era otra pesadilla.
Intentó levantarse de la cama pero un hombre mayor se lo impidió.
-no estas preparada aun para levantarte.
-¿quien es usted?
-Soy Theodan, el encargado de la enfermería aunque la pregunta es ¿quien eres tú?
-Mi nombre es Anna, Anna Vólkova.
-¿y bien Anna que hace una niña como tú en este lugar?
-Vengo buscando a mi padre, prometí que lo encontraría y me quedaría con él.
-Aquí no hay padres, deberías saber que esto es un monasterio.
-Mi padre esta aquí, lo sé, vi como se ponía la túnica y como los mensajeros de negro traían cartas a casa, sé que ha de estar aquí.
-Aquí no encontraras más que sacerdotes y novicios.
-no estas preparada aun para levantarte.
-¿quien es usted?
-Soy Theodan, el encargado de la enfermería aunque la pregunta es ¿quien eres tú?
-Mi nombre es Anna, Anna Vólkova.
-¿y bien Anna que hace una niña como tú en este lugar?
-Vengo buscando a mi padre, prometí que lo encontraría y me quedaría con él.
-Aquí no hay padres, deberías saber que esto es un monasterio.
-Mi padre esta aquí, lo sé, vi como se ponía la túnica y como los mensajeros de negro traían cartas a casa, sé que ha de estar aquí.
-Aquí no encontraras más que sacerdotes y novicios.
Theodan se levantó sin
dejar que Anna pudiera replicar a su respuesta y desapareció de la
sala.
A la noche volvió
acompañado de un hombre que iba cubierto por una túnica negra y que
se detuvo a la cama mientras la niña dormía. Bajo la capucha se
encontraba una cara desfigurada por el fuego y que ahogaba sus ojos
en lagrimas.
-¿es ella Sasha?
-Si Theodan.
-Bien, te dejo a solas con ella.
-¿es ella Sasha?
-Si Theodan.
-Bien, te dejo a solas con ella.
Sasha acercó sus
tullidos labios a la frente de Anna y tras besarle acarició su pelo.
Sus ojos no podían parar de llorar al verla de nuevo después de
tanto tiempo, sentía como el dolor de haberse ido se le clavaba en
el corazón y como al mismo tiempo este le estallaba al verla
nuevamente.
Sasha la besó una ultima
vez y dejó una carta sobre la almohada.
Era un nuevo día, Anna
se despertó tarde y lo primero que vio fue a Theodan, tras recordar
la discusión del día anterior aparto su vista de él y vio el
sobre. No tardó en levantarse y abrirlo. Sus ojos se empezaron a ver
cubiertos por lagrimas al reconocer la letra de su padre, leía con
toda la concentración que podía aunque con cada palabra sus
lagrimas aumentaban. Cuando llegó al final de la carta su
respiración casi detuvo, no podía creer lo que ponía allí.
No podía ser que aquel a
quien ella consideraba su padre no fuera más que un impostor, no era
posible, se negaba a creer que todo aquel tiempo eran solo mentiras y
que aquel hombre al que tanto amaba no era nadie.
Sin apenas respiración
se dirigió a Theodan:
-¿donde esta mi padre?
-Aquí no hay el padre de nadie, tu padre debe estar en casa.
-¿donde esta el hombre que ha escrito esto?
-¿donde esta mi padre?
-Aquí no hay el padre de nadie, tu padre debe estar en casa.
-¿donde esta el hombre que ha escrito esto?
Theodan la miro con
tristeza y apartando la vista de sus ojos respondió:
-Él ya ha pagado sus pecados, no deberías haber venido aquí.
-Él ya ha pagado sus pecados, no deberías haber venido aquí.
Anna empezó a llorar
mientras el monje volvía a dejarla sola, no podía creerse nada de
lo que pasaba, apretaba sus manos contra la sabana con la esperanza
de que eso también fuera otra pesadilla pero esta vez no despertó,
solo lloraba y maldecía a todo aquel que la había mantenido
engañada tanto tiempo.
viernes, 20 de julio de 2012
Recuerdos
Un suave mecer de ramas retumbaba en
sus oídos. Los arboles agitaban sus extremidades en medio de las
pequeñas ráfagas de viento que venían e iban sin avisar, cansado
de la visión que le ofrecía el banco en el cual estaba sentado se
levantó lentamente y apoyándose en su bastón dio los primeros
pasos hacia la calle que se hallaba a sus espaldas. Sus piernas,
demacradas por los años, se movían con lentitud y una torpeza
típica de la edad. Si no fuera por su viejo compañero de madera
seguramente no lograría ni mantenerse de pie pero con él se veía
capaz de caminar cada día desde su casa hasta aquel banco para
sentarse y mirar hacia el horizonte, donde el sol se ponía cada
tarde. La arrugada piel de su mano derecha se aferraba al extremo
superior del bastón y lo movía al compás de sus pasos como si
fuera una pierna más. Su lento caminar le hacía desfilar entre los
pocos árboles que separaban el pequeño paseo con las aceras de la
calle colindante. No tardaba mucho en fundirse con aquella marea de
gente que fluya por la calle y tras ser avanzado constantemente por
diversos rostros que desconocía su bastón se detenía, ordenando a
sus pasos a hacer lo mismo. Se paraba enfrente de aquel semáforo a
la espera de poder cambiar de acera y dirigirse hacia el conjunto de
calles que lo llevaban a su casa. Una vez entraba en aquel entresijo
urbanístico de casas, pasajes y calzadas que conformaban el
entramado de las calles interiores se sentía aliviado, allí tenía
la sensación de conocer cada esquina hasta sabía de memoria donde
estaba cada farola y si pudiese entablaría conversación con las
casas que se erigían a ambos lados de su camino. Se pararía en el
cruce de la calles Asunción y Damasta para sentarse unos minutos a
hablar de los porvenires surgidos con aquel buzón que siempre estaba
solo o si le sobraba tiempo se detendría a cotillear la conversación
que mantenían dos enredaderas que peleaban por crecer entre dos
balcones vecinos. Sin embargo todas esas fantasías que corrían por
su cabeza se esfumaban de golpe, del mismo modo que lo hacia la
sonrisa que brotaba en su rostro mientras estas aun danzaban por su
cabeza. Había llegado ya a su casa. Abría la puerta y entraba en
aquel lugar sombrío, donde se encerraba el resto del día.
La puerta se volvía a abrir a la media
tarde del día siguiente y de ella salía un hombre de edad avanzada
que caminaba forzosamente con la ayuda de un bastón y se dirigía a
la calle principal. Al llegar a ella siempre cruzaba la acera y se
dirigía, cruzando una pequeña superficie de césped, a un viejo
banco donde se sentaba a tirar migas de pan a las pocas palomas que
aun deambulaban por aquel lugar. No era tarde pero solía hacerse
oscuro temprano y era extraño ver a alguien sentado allí a aquellas
horas. Sus acciones parecían estar cronometradas y siempre soltaba
las últimas migas minutos antes de que el sol iniciara su marcha. En
esos minutos agarraba con ambas manos su bastón y soltaba un suspiro
entrecortado que siempre intentaba evitar pero el cual siempre se le
escapaba, luego recibía en su rostro la tenue luz anaranjada que
indicaba el final del día y con ella esbozaba unas pequeñas
lagrimas que se secaban antes de surgir de sus ojos. Cada día
repetía el mismo ritual y siempre se iba tras la puesta de sol pues
en ese instante en que el día y la noche se mezclaban sentía que el
tiempo retrocedía, que sus ojos aun podían ver un estanque lleno de
cisnes y que el momento en que ella se despidió no había llegado
aún. Durante esas dos horas su pasado se adueñaba de su frágil
mente y los recuerdos se tejían con el presente distorsionando su
realidad, sin embargo el era feliz así, no tenía nada más que un
recuerdo, un viejo recuerdo que lo atrapó en las manos del pasado y
que lo tenía retenido en aquellas imágenes heladas que aparecían y
desaparecían cada tarde para interrumpir el resto de un día que a
él le parecía eterno.
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