lunes, 11 de octubre de 2010

Tras el humo de los sentidos

Humo, cada mañana abrimos los ojos para ver un abanico casi infinito de posibilidades en nuestra vida, pero todo es humo. Un humo que entela nuestra mirada confundiendo a nuestros ojos con falsas imágenes que se postrarán en nuestra retina como si fueran un tatuaje no deseado. Una capa gaseosa tan fina que es casi inapreciable para nosotros, quizás porque desde el mismo día en que nacemos ese humo ya forma parte de nuestra vista pero a pesar de su escaso grosor presenta una densidad tan elevada que no podemos definir nítidamente ninguna de las imágenes que se esconden tras ese muro humeante, reduciendo nuestra visión a la mera intuición.
Sin embargo aun nos quedan cuatro sentidos más con los cuales podremos desnudar la realidad.
Podremos alzar la mano entre las cortinas de humo y buscar una textura, un cuerpo al que aferrarnos y palpar su contorno. Buscamos algo en nuestra ceguera ya que sentirnos sujetos nos da la seguridad de que hay algo a lo que podemos aferrarnos puesto que no sabemos que es, pero al menos, está ahí.
¿Pero a que nos aferramos? ¿Qué sienten nuestras manos al sujetar ese elemento? Se aferran a lo primero que encuentran en su camino, simplemente se aferrarán a la indiferencia y a la conformidad.
Si, ahora estamos ciegos y nuestro tacto actúa sin lógica pero quizás alguno de los demás nos sirvan para poder distinguir puramente lo que hay ahí.
Nos queda el gusto y el olfato. Podemos respirar profundamente y abrir nuestra boca para que nuestra nariz distinga los aspectos del olor que nos rodea y poder forjar una leve imagen en nuestra mente o dejar que nuestras pupilas se llenen del gusto que se esconde fuera de nuestra boca pero nos encontramos que nuestros orificios se llenan de humo, nuestra boca recibe un gusto insípido y vomitivo mientras que nuestra nariz siente la indiferencia de un aire que no le transmite nada o que como mucho lo pudre lentamente.
Lentamente perdemos la esperanza de poder siquiera imaginarnos algo sin la distorsión que implica encontrarse en esa situación porque a través del humo imaginamos, por no decir mejor que creamos a través de simples intuiciones, aunque la imaginación en el fondo sea eso.
Finalmente nos encontramos no sabemos dónde, únicamente con la esperanza de escuchar algo, un sonido que llegue a nuestros oídos y encienda un minucioso mecanismo que creé una reconstrucción del lugar donde nos encontramos. Nos quedamos en silencio con la intención de divisar ese sonido y a los pocos instantes nos encontramos bañados por una infinita cadena de percepciones auditivas. Son tantos los sonidos que captamos que nos parece estar en ningún lado, de repente todo se desvanece, nos encontramos sumidos en un silencio total, quizás teníamos la sensación de que al no escuchar nada podríamos distinguir algún sonido pero no se percibe nada. Todo está en silencio y como mucho alguien será capaz de escuchar sus pensamientos, pero estos le serán inútiles para distinguir la realidad.
¿Entonces como saber que hay al otro lado de la pared humeante? ¿Qué hay en la realidad? Dudosos y vencidos, soltamos un suspiro que crea una pequeña brecha en el humo, a través de la cual creemos encontrar la respuesta a nuestras preguntas e inquietudes pero a la otra banda únicamente hay un cuadro, una imagen aun húmeda por la pintura y nuestra mente se vuelve a llenar de preguntas cerrándose nuestro dialogo interno con un ¿habrá algo tras esa capa de pintura?
Que alcanzará su culminación con el último suspiro, ese que se oscurece con nuestra última duda ¿existirá la realidad?

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